¿Os habéis planteado alguna vez poner fin a aquello que os hace inmensamente feliz?

La música es uno de los pilares sobre los que sustento mi vida y fotografiar conciertos es algo que llevo haciendo desde hace bastante más de 25 años. Podría decir que es maravilloso siempre, pero no sería cierto. Esta actividad tiene muchos claro/oscuros y tan pronto pasa de la felicidad más absoluta al desánimo más grande.

Llevo un verano muy intenso en cuanto a lo musical se refiere, pero a la vez ha sido un periodo en el que lo oscuro ha tenido más peso que lo maravillosamente claro. Los artistas cada vez vienen con un “Corte” más numerosa y muchos de estos “cortesanos” tienen que hacerse notar de alguna manera (pienso) para justificar su acompañamiento/sueldo. ¿Y cómo justifican esto? Pues sencillamente haciéndose notar, creyéndose ser la mano poderosa que tiene la Autoridad universal y, por ende, tocando los cojones a la productora local desde el primero al último… y ahí es en donde yo me encuentro, atrapado entre ordenes y normas absurdas, entre conflictos de autoridad y bastante violentado por la desconfianza.

Al final y tras mucho meditar, creo que ha llegado el momento de tirar la toalla e irme. Eso sí, me voy, pero con la cabeza muy alta, todo lo alta que la puede llevar quien siempre respetó al artista y al público.

Lástima de artistas que aún no saben quienes son los que les rodean…